La Flor que Nació del Dolor

La Flor que Nació del Dolor

Narciso era un joven que vivía en una región montañosa de Grecia, rodeado de bosques y ríos. Su madre era una ninfa llamada Liríope, que había sido seducida por el dios Cefiso, el señor de las aguas. Narciso había heredado de sus padres una belleza sin igual, que cautivaba a todos los que lo miraban. Sus ojos eran como dos estrellas, su cabello era rubio como el sol, su piel era blanca como la nieve, y su rostro era perfecto como el de un dios.

Narciso creció feliz y libre, correteando por los campos y las colinas, cazando y jugando con sus amigos. No conocía el amor, ni le interesaba. Solo se divertía y disfrutaba de la naturaleza. A veces, se encontraba con las ninfas que habitaban los bosques, las fuentes y las cuevas. Ellas lo admiraban y lo deseaban, pero él las ignoraba o las rechazaba con desdén. No le importaba hacerlas sufrir, ni siquiera se daba cuenta.

Una de esas ninfas era Eco, que vivía en una gruta cerca de un arroyo. Eco era muy hermosa y dulce, pero tenía un defecto: no podía hablar por sí misma, solo podía repetir las últimas palabras que oía. Esto se debía a que la diosa Hera, celosa de su marido Zeus, la había castigado por distraerla con sus charlas mientras Zeus cortejaba a otras ninfas. Desde entonces, Eco solo podía hacer eco de lo que le decían.

Eco se enamoró de Narciso desde la primera vez que lo vio. Lo seguía en silencio por el bosque, escondiéndose entre los árboles y las rocas, y escuchando su voz. A veces, le respondía con sus ecos, pero él no sabía de dónde venían. Un día, Narciso se separó de sus compañeros y se adentró en el bosque. Eco lo siguió, esperando una oportunidad para acercarse a él.

Narciso se dio cuenta de que estaba solo y se sintió extrañado. Gritó: “¿Hay alguien aquí?”. Eco repitió: “Aquí”. Narciso se sorprendió y miró a su alrededor. Preguntó: “¿Quién eres?”. Eco dijo: “Eres”. Narciso se impacientó y exclamó: “Ven”. Eco repitió: “Ven”. Narciso se animó y dijo: “Entonces, muéstrate”. Eco repitió: “Muéstrate”. Y salió de su escondite, corriendo hacia Narciso con los brazos abiertos.

Narciso se quedó petrificado al ver a la ninfa. No le gustó su aspecto, ni su voz, ni su actitud. La rechazó con asco y le dijo: “¡Apártate de mí! ¡No te quiero!”. Eco se sintió herida y humillada. Repitió: “No te quiero”. Y se echó a llorar. Narciso la dejó sola y se fue, sin compasión. Eco se retiró a su gruta, donde se consumió de pena donde solo se escuchaba su llanto.

La diosa Némesis, que castigaba a los soberbios, vio lo que había pasado y se indignó. Decidió vengar a Eco y a los demás que habían sufrido por el desprecio de Narciso. Le preparó una trampa, que consistía en hacerle sentir el mismo dolor que había causado. Lo guió hasta una fuente de agua clara y tranquila, que reflejaba como un espejo todo lo que había alrededor.

Narciso llegó a la fuente, sediento y cansado. Se inclinó para beber, y vio su imagen en el agua. Quedó fascinado por lo que vio. Era la cara más hermosa que había visto en su vida. Era él mismo, pero no lo sabía. Pensó que era otro joven, que vivía en el fondo de la fuente. Se enamoró de él al instante, y sintió un deseo irresistible de poseerlo.

Narciso le habló a su imagen, con palabras dulces y tiernas. Le dijo: “¿Quién eres, hermoso joven? ¿De dónde vienes? ¿Cómo te llamas?”. Pero su imagen no le respondía, solo movía los labios como él. Narciso se acercó más al agua, y trató de tocar a su imagen con la mano. Pero cuando lo hizo, el agua se agitó y la imagen se borró. Narciso se asustó y se alejó. Esperó a que el agua se calmara, y volvió a ver a su imagen. Se sintió aliviado y le dijo: “No te vayas, por favor. Quédate conmigo. Te quiero”. Pero su imagen seguía sin responder, solo le devolvía la mirada.

Narciso se desesperó y se echó a llorar. Sus lágrimas cayeron al agua y también borraron la imagen. Narciso se lamentó y dijo: “¿Por qué me haces esto? ¿Por qué me rechazas? ¿No ves que te amo?”. Pero su imagen no le decía nada, solo le mostraba su dolor. Narciso se dio cuenta de que su amor era imposible, y que nunca podría abrazar a su imagen. Se sintió miserable y desdichado.

Narciso no pudo apartarse de la fuente. Se quedó allí, mirando a su imagen, sin comer, sin beber, sin dormir. Se olvidó de todo lo demás, solo le importaba su imagen. Se marchitó y se debilitó, hasta que su belleza se perdió y su vida se apagó. Murió junto a la fuente, sin saber que había amado a su propio reflejo.

En el lugar donde había caído su cuerpo, creció una flor blanca y amarilla, que se llamó narciso en su memoria. Era una flor hermosa, pero también triste, que se inclinaba sobre el agua, como buscando su imagen.

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